Llegaron a la llanura los incendios de abril que -año tras año- volvían a consumir al hombre de varas y al último paraíso que quedaba. Ello con el afán de preparar la nueva siembra, limpia de malezas y hojarasca. En esos días los umbrales luminosos quedaban sin celador. Cuando mayo llegara –y las primeras lluvias cayeran sobre el alto páramo- volverían los sembradores a levantar la imagen del muñeco de paja al medio de los campos para cuidar los cultivos y umbrales de aquel remoto cielo. Todo parecía ir bien en la tierra del imposible, hasta que la mala suerte volvió a rondar al muñeco de viruta. Corrió el rumor que estaba embrujado. Por sus artes mágicas y su corazón de colmena se había vuelto un peligro. Cuando lo golpeaban, salían de su espejismo furiosas abejas. Los sembradores sacaron la colmena de su corazón de miel y lo comieron. Así el espantajo volvió a quedar sin la dulzura de sus ilusiones. “Espantapájaramente” solo en el llano del eterno fulgor. Un siglo de dulzura había pasado en los campos. Pero las abejas volvieron a darle otro panal de amor.
“Dime, hermano viento -preguntaba. ¿Cuándo volveré a ver a la aldeana de los ojos de ámbar? Todos han vuelto a la recolección, menos ella. Es como si la primavera no tornara, las margaritas silvestres no volvieran a abrirse y el dorado sol dejara de alumbrar la vida”. El viento no tuvo más que decirle la verdad. “La ilusión dura lo mismo que tú, hombre de palo. Breve es la cosecha de la felicidad. Talvez abril vuelva a renacer y regrese tu añoranza en mis alas fugitivas” (XLII) De: “La Vida es Cuento” © C. Balaguer