Ben & Jerry's es una compañía de sorbete (uso el término salvadoreño para "helado") fundada por dos amigos de infancia, Ben Cohen y Jerry Greenfield. Tras haber tomado un curso por correspondencia para la elaboración de helados, que les costó $5.00, e invertir $12, 000 (de los cuales $4,000 eran prestados), abrieron,en 1998, una heladería en una gasolinera readecuada en Vermont. Desde el principio tuvieron una visión de negocio muy interesante. Ellos buscan ser "una empresa de justicia social que fabrica helados." A raíz de eso, entre sus políticas de manufactura, le compran solamente a proveedores que comparten sus valores y están involucrados en el cuido del medio ambiente. Su lema es "el helado puede cambiar el mundo", a través de una "misión social progresista y no partidista que busca satisfacer las necesidades humanas y eliminar las injusticias en nuestras comunidades locales, nacionales e internacionales".
Ben and Jerry's son tan famosos por sus campañas disruptivas como por sus sorbetes. En el año 2005, Estados Unidos decidió que quería perforar el Refugio Nacional Ártico de Alaska, para obtener petróleo. La compañía, basada en su visión social y ambientalista, decidió protestar creando un sabor de sorbete que se llamaba "Fossil Fuel" (Combustible Fósil), y haciendo el "Baked Alaska" ("Alaska Horneado" un postre de helado y budín, cubierto con merengue que evita que el sorbete se derrita) más grande del mundo. Lo llevaron frente al Capitolio en Washington D.C. y le sirvieron una porción a cada persona que participaba en la marcha de protesta.
En 2014, Australia planeaba hacer una expansión de la terminal de carbón Abbot Point, lo cual haría que miles de toneladas de deshecho de dragado fueran lanzadas a la Gran Barrera de Coral, el arrecife más grande del mundo. Ben & Jerry mandó a dos buzos vestidos de vacas a sumergirse al arrecife, subieron una página explicando los problemas que traería del dragado y comenzaron un "tour" dónde regalaban sorbete gratis y pedían que quienes apoyaban su causa subieran una selfie. La ONU declaró la Gran Barrera territorio protegido.
Ben & Jerry's, obviamente, ha tenido su buena cantidad de litigios (actualmente tienen dos por su posición con respecto a la franja de Gaza, y a la actual administración de Estados Unidos). Sus luchas sociales no siempre son del agrado de todos, pero siempre son coherentes, informadas y con un toque de humor.
En estos tiempos, el decidirse por las empresas que apoyan valores personales es una manera de empoderar al ciudadano, a través de su derecho de comprar o no comprar una marca en particular, a involucrarse en los temas que son importantes para la sociedad, el país y el mundo. Cuando se pregunta: "¿Y qué puede hacer la sociedad civil?", allí está la respuesta.
Obviamente, para lograr esto se necesitan tres cosas. La primera es la habilidad de discriminar y romper paradigmas de la Guerra Fría. En lugar de recalcar lo bueno -el interés sostenido por invertir en el país y la importancia de la generación de empleos- las redes están llenas de críticas virulentas y hasta ridículas contra los empresarios. En el primer cuarto de siglo del siglo XXI, la cuestión ya no es "si los ricos son malos y los pobres buenos". La pregunta es: "si los ricos invierten en su país para generar más oportunidades de una manera digna y justa para crear movilidad social". El activismo no es un pleito generalizado, sino una serie de exigencias puntuales contra las injusticias y decisiones que afectan a la sociedad. Cuando se critica todo, la crítica válida deja de existir.
Segundo: se necesita sociedad civil que conozca y apoye a las empresas que toman posiciones claras y contundentes en los asuntos que les afectan como consumidores y ciudadanos. Las empresas no generan ingresos sin el comprador y el cliente es el que manda. Lo lógico entonces es que, si una empresa o marca apoya causas para bien del país, se le apoye prefiriéndola por sobre otras, además de optar primero por la pequeña y mediana empresa y la manufactura nacional.
Tercero: la sociedad civil debe entender que comprarle a las empresas que comparten sus principios personales y los de la justicia social (buen trato a los empleados, equidad, responsabilidad y transparencia empresarial y fiscal) y que se involucran en programas sociales, es más que una compra; es una inversión en el índice de desarrollo humano del país. Todas las empresas tienen peros, ninguna es perfecta. Pero cuando una empresa es coherente con nuestros principios, es nuestra responsabilidad ayudar a que el impacto crezca.
La "sociedad civil" no demuestra su poder por tuitear de manera ofensiva, ni subir videos de dudosa veracidad en Tik Tok. El papel (o el internet) aguantan con todo. La coherencia de los principios con el bolsillo es la opción políticamente madura e inteligente. Allí es dónde se habla, y muy contundentemente. El poder de la sociedad civil radica muchísimo en su capacidad de escoger qué productos adquirir y de quién adquirirlos, apoyando y motivando así el auge de "empresas de justicia social".