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La dictadura de lo efímero e intrascendente

La obsesión por lo nuevo y lo efímero puede llevarnos a perder la perspectiva del tiempo y la memoria. El rechazo a la tradición puede generar un vacío de significado y valores; la banalidad puede trivializar los problemas importantes y el relativismo puede justificar la indiferencia ante los abusos y la injusticia.

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Por Carlos Gregorio López Bernal
Publicado el 05 de marzo de 2025


A mediados del siglo XX la velocidad de las comunicaciones permitía valorar de manera diferente las novedades y digerirlas más lentamente. Cierto que la radio ya transmitía en vivo, pero el oyente debía poner imaginación de su parte para completar la escenificación auditiva. Al leer y al escuchar el receptor debe recrear en su mente los hechos y ese ejercicio es muy valioso, en tanto estimula la imaginación. La televisión rompió esos esquemas. La proyección audiovisual simultánea quitó al receptor el trabajo de imaginar; cierto que añadió exactitud, a costa de restar imaginación.

Hoy día tenemos una sobre exposición mediática que no nos permite disfrutar la novedad. Además, los contenidos tienden a ser más breves, pues se asume que una exposición prolongada es una pérdida de tiempo. Se saltan los previos, para ir directamente a la médula del hecho, por trivial que este sea. Los jóvenes son particularmente vulnerables a esta dictadura de lo efímero. Y los males nunca vienen solos. A lo pasajero se une lo banal. ¿Cuánto de lo que vemos en las pantallas del celular en un día, será merecedor de recordarlo al día siguiente? Me atrevería a decir que será un mínimo porcentaje. A pesar de eso, mañana tendremos otra avalancha de hechos intrascendentes.

La banalidad se manifiesta en la trivialización de la información, la superficialidad de las relaciones humanas y la falta de compromiso con causas importantes. Se nos bombardea con noticias y contenidos irrelevantes, mientras que los problemas que afectan a la sociedad quedan relegados a un segundo plano. Las redes sociales nos invitan a compartir nuestra vida privada de forma exhibicionista, pero vacía de contenido. ¿Qué justifica subir a una red social una foto de lo que se comió ayer? Lo más seguro es que la misma persona lo haya olvidado al día siguiente. La banalidad también se refleja en nuestras relaciones interpersonales. Las conversaciones se vuelven superficiales, se evitan temas comprometedores y el compromiso emocional se diluye. Pareciera que hay un pacto implícito de eludir todo aquello que no sea feliz y agradable. La sociedad se asemeja a un gran teatro donde todos actúan un papel, pero nadie se muestra como realmente es y lo más seguro es que a pocos les importe.

La novedad trivial es para nada novedosa; los humanos tenemos cierta tendencia morbosa al cotilleo. No es casualidad que cuando Yuval Harari discute sobre el origen del lenguaje ponga el cotilleo como uno de sus motores. Pero en todos los tiempos, lo novedoso y lo trivial han sido contenidos por la tradición y la norma; esas pautas de conducta socialmente condicionadas que separan el trigo de la paja, y van dejando un sedimento de cosas, hechos y personajes que no pierden vigencia y en cierto modo marcan un norte a seguir. Tradición es en cierto modo la buena literatura. El Quijote de la Mancha es perfectamente disfrutable hoy día, y quien esté dispuesto a seguir sus aventuras tendrá no solo divertimento, sino valiosas enseñanzas. Los cánones estéticos construidos a lo largo de los siglos permiten distinguir lo realmente valioso del arte de la simple ramplonería.

Hoy se tiende a desvalorar la tradición y muchos incautos caen en la trampa. Sea por rebeldía o por pereza mental, se piensa que es mejor ir por la vida ligero de equipajes mentales. ¿Para qué atiborrarme de cosas del pasado cuando el presente me acicatea y futuro me convoca? El rechazo a la tradición puede tener aspectos positivos, como la apertura a nuevas ideas y el distanciamiento de prejuicios y costumbres obsoletas. Sin embargo, también puede llevar a la pérdida de referentes y valores que han sido fundamentales para la construcción de nuestra identidad y cultura. La sociedad se arriesga a caer en un vacío de significado, donde todo es relativo y nada tiene un valor intrínseco.

El relativismo es la corriente de pensamiento que afirma que no existen verdades absolutas ni valores universales. Cada persona o grupo social tiene su propia visión de la realidad, y todas son igualmente válidas. Esta idea, llevada al extremo, puede conducir a la negación de cualquier criterio objetivo de verdad y a la justificación de cualquier acción o comportamiento. El relativismo puede ser una herramienta útil para promover la tolerancia y el respeto a la diversidad. Sin embargo, también puede ser utilizado para justificar la indiferencia ante la injusticia, la desigualdad y la violación de los derechos humanos. La sociedad se enfrenta al riesgo de caer en un relativismo moral donde todo se permite y nada se prohíbe. Y en los últimos años, los salvadoreños hemos relativizado muchas cosas.

No es de extrañar entonces que la empatía sea cada vez más escasa. La noticia del fin de semana fue un nuevo desalojo de vendedores en el centro histórico; y lo más relevante fue que se estaba vendiendo todo más barato, tan barato que los comerciantes no estaban recuperando ni el costo de la mercadería. Simultánea y sospechosamente las redes sociales fueron inundadas de contenidos que hablan de lo bueno del orden, de la limpieza, y que vamos en camino de tener una capital de primer mundo. Es obvio de donde viene ese discurso; lo preocupante es cuánta gente lo asume sin la menor crítica. Se ignora el drama humano que ese orden conlleva para muchos. De acuerdo, está bien ordenar; pero ¿qué se le ofrece a esa gente a cambio, además de la amenaza del régimen de excepción?

Es necesario ser conscientes de los riesgos que estas tendencias traen consigo. La obsesión por lo nuevo y lo efímero puede llevarnos a perder la perspectiva del tiempo y la memoria. El rechazo a la tradición puede generar un vacío de significado y valores; la banalidad puede trivializar los problemas importantes y el relativismo puede justificar la indiferencia ante los abusos y la injusticia. Por lo tanto, es necesario reflexionar sobre esos temas y buscar un equilibrio entre lo nuevo y lo tradicional, entre la necesidad del cambio y el imperativo construir una de sociedad con sentido y valores compartidos. La sociedad actual nos plantea desafíos importantes, pero también nos ofrece oportunidades únicas para construir un futuro mejor. Hoy contamos con tantos recursos de comunicación como nunca en la historia, pero pareciera que no los estamos aprovechando para enriquecer la vida, que lastimosamente hoy se nos va más rápido; no porque el tiempo fluya más vertiginosamente, sino porque no lo estamos viviendo suficientemente, porque contraponemos cantidad versus calidad.

Historiador, Universidad de El Salvador.

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