Henos aquí, Madre Tierra; amante nodriza planetaria con nuestra fugaz presencia, nuestra frágil materia y eterna esperanza. Patria de las alas infinitas. A veces maniatadas, golpeadas y heridas. ¡Pero siempre ascendiendo a las alturas! La vida nos amamantó con tus manantiales de leche y miel. Y fuiste la tierra prometida de nuestros lejanos ancestros de barro y vida bajo el astro amaneciente. Aquellos que fueron plantados en tu suelo o se fueron sin volver tras el sol de fuego del oriente. Hijos inmortales de los dioses de arcilla y estrellas. Madre: Tierra madre, nodriza planetaria. Fuiste el sueño prometido de aquellos pioneros del ayer que buscaban un lugar donde florecer y encontraron tu regazo, tibio, amante y perfumado. Humanos trashumantes del distante pasado y sembradores del mañana, que se volvieron sedentarios al quedar en tus brazos nutricios en tus eras. Porque te encontraron así de esplendorosa: ¡Un paraíso de sol, campos, rosas y mariposas! Edén de montes rocosos y eternos, cubiertos de aves y margaritas. De cielos sin final hacia la tarde y el prometido porvenir. Que luego dejaron sus armas, arcos y sus flechas para ir a preñarte tierra, cuando el alba se abría con sus arados de humus y obsidiana. Aquellos bravos pioneros, seducidos por tu amor, tierra mamá. E hicieron el amor entre los surcos para crear la vida y el imborrable amanecer de su historia.
En tus brazos, Madre Tierra, amante nodriza planetaria
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