Una de las minas abandonadas más reconocidas en el departamento de San Miguel es El Hormiguero, llamada así porque al momento de comenzar la explotación en el siglo XIX, los mineros encontraron muchos nidos de hormigas en el terreno, según la historia oral que cuentan los lugareños y que heredaron de sus antepasados.
El Hormigueo es un cantón del distrito de Comacarán, San Miguel Centro, que tuvo, como otras localidades al oriente, una economía basada totalmente del auge da la minas a finales del siglo XIX e inicios del XX. Esto atraía a trabajadores, que, como las hormigas, cavaban túneles en las montañas para buscar el mineral rico en oro y plata en las vetas. En El Hormiguero se procesaban la roca que venía también de otras minas cercanas, como la Gallardo, Guadalupe, San Francisco, Consuelo, La Esperanza, La Pozo, La Rivera y Beltrán.
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Se trabajaba desde el amanecer hasta la noche, sin ningún tipo de protección o precaución ante los altos riesgos del trabajo dentro de la tierra y por la manipulación de químicos como el cianuro, el mercurio y el cadmio utilizados durante el proceso de sacarle el oro y la plata a la roca.

Foto EDH/ Cortesía
Para esta nota se buscaron los testimonios de personas cuyos padres o abuelos trabajaron en esta mina, una de las 15 que actualmente están abandonadas en la zona oriental del país, una cifra que da testimonio que la minería era una actividad económica importante. Muchos de estos mineros murieron a causa de la insuficiencia renal, cáncer, enfisema, y otras enfermedades relacionadas a su profesión.
Carmen Flores, quien fue entrevistada por el antropólogo Ramón Rivas en el año 2008, afirma que el asesino de su padre fue el cianuro tras años de trabajar dentro de la mina El Hormiguero sin alguna protección. Falleció a los 58 años. Tres de sus hermanos murieron poco después de nacer, muertes atribuidas a la contaminación del entorno. A pesar de los esfuerzos de su madre por desintoxicarlos, dándoles yodo en agua mezclada con azúcar, estos presentaban manchas en la piel. En el momento en que fue entrevistada, Carmen Flores padecía problemas de tiroides, lo que afectaba su metabolismo, su cerebro, su corazón y otros sistemas de su cuerpo.
Para las compañías mineras, lo efectos negativos de su industria eran conocidos, por eso mismo intentaban crearse una buena imagen frente a la población local. Por ejemplo, en 1918 financió la construcción de una iglesia dedicada a la Virgen de Guadalupe en El Hormiguero. Su edificación fue iniciativa de Emilio González, propietario de la San Sebastián Gold Mines y sucesor del mariscal Santiago González, presidente de El Salvador entre 1871 y 1876. Emilio González donó el terreno y se usó roca que se extraía de la mina para su construcción y los mismos mineros pusieron su mano de obra.

Foto EDH/ Archivo
La iglesia que antes dominaba por su altura la vista sobre una comunidad minera ahora parece estar solitaria en donde hay pocas casas. Al cerrar la mina, la mayoría de habitantes migraron a otros lugares en busca de empleo.
¿Por qué las zonas históricamente mineras de El Salvador no son de las más ricas del país?
El historiador salvadoreño Héctor Lindo plantea la pregunta de por qué, a pesar de que los departamentos de Morazán y La Unión fueron los mayores exportadores de broza mineral, lingotes de plata y oro, no forman parte de las regiones más prósperas del país. En cambio, son considerados de los más pobres.
Según el Banco Mundial, en su análisis de pobreza y desigualdad en El Salvador para el período 2019-2023, el departamento de Morazán es el que presenta los mayores índices de pobreza. Su economía depende en gran medida de las remesas. La Unión, que, a pesar de contar con un puerto e historia minera, tiene un desarrollo económico limitado.
Lindo explica que la primera gran concesión minera del siglo XX prometía que la extracción de metales generaría numerosos empleos para las personas de escasos recursos y estimularía la actividad económica.

Foto: Imagen de carácter ilustrativo y no comercial/ Sociedad Francesa de Minas en El Salvador
Las partes involucradas en el contrato minero firmado en 1904 eran, por un lado, el gobierno de El Salvador; por otro, el representante de los estadounidenses H.P. Gartwait y Charles Butters, así como la sucesión del general Santiago González, que incluía a Tomás Regalado, el hombre más poderoso del país en ese momento. Regalado, además, estaba casado con la hija y heredera del general González, quien era dueño de empresas mineras.
Este contrato, que la Asamblea Legislativa de 1904 aprobó en tiempo récord, sin analizar ni debatir su contenido, fue redactado para favorecer a las empresas extranjeras y a los intereses particulares de la familia que gobernaba el país, y no los del pueblo salvadoreño.
Las compañías mineras que llegaron al país no pagaron impuestos. Si bien generaron empleos, también provocaron una pérdida en la recaudación fiscal, afectando el presupuesto del gobierno destinado a servicios públicos como educación, salud e infraestructura. Además, esto representó una clara señal de corrupción, ya que otorgar exenciones fiscales sin transparencia permitió a los grupos de poder evitar el pago de tributos.
Las compañías extranjeras cesaron la extracción en El Hormiguero 1930 y los propietarios salvadoreños (la familia González), continuaron explotándola intermitentemente hasta 1948. En 1993, justo después de finalizar la guerra civil, la empresa estadounidense Commerce Group Corp. solicitó a la Dirección General de Energía, Hidrocarburos y Minas permisos de exploración en varias zonas mineras en todo el país, incluyendo a El Hormiguero, pero la explotación no se llegó a concretar.
Actualidad de El Hormiguero
A pocos metros del Centro Escolar Dr. Félix Charlaix, que tiene el nombre del minero francés, administrador de la mina Los Encuentros en Morazán, quien fuera el asesor del gobierno en la creación del Código de Minería en El Salvador, se encuentra un camino de tierra que conduce al caserío Los Velásquez, cantón El Hormiguero. Allí viven actualmente alrededor de 30 familias en casas construidas, en su mayoría, de láminas o adobe.
A un costado de la calle, llama la atención un cerco improvisado que no lleva a ninguna vivienda, sino a un paredón de tierra en cuya base se ha formado un hoyo. Esa es la reconocida mina El Hormiguero, conocida por todos en Comacarán debido a la frecuencia con la que es visitada por extranjeros. "Dicen que es un lugar histórico, pero es solo un hoyo que huele bien feo", comenta un lugareño.

Foto EDH/ Francisco Rubio
Aracely Guevara, de 33 años, recuerda que cuando era niña, junto con sus hermanas y otros habitantes de la zona, solían jugar allí, desafiándose entre ellos para ver quién se atrevía a entrar más profundo. Sin embargo, con el tiempo dejaron de visitarlo porque el techo de la excavación comenzó a colapsar. Según ella y otros habitantes, el túnel atraviesa toda la montaña.
Su casa está ubicada aproximadamente a 200 metros de la excavación. En el patio, su padre, Mauricio Guevara, de aproximadamente 72 años, levanta un pequeño muro. "La minería trajo trabajo a la zona. Mi abuelo fue minero ahí, pero ya falleció, igual que mi cuñado, un tío y muchos conocidos. Todos murieron por insuficiencia renal o por problemas en los pulmones", explica y agrega que sus cuerpos enfermos se llenaron de manchas.

Foto EDH/ Francisco Rubio
A unos 500 metros de la boca de la mina se encuentra una estructura que recuerda los taludes de una pirámide precolombina. Está hecha de piedra, ladrillo, todo amalgamado con mortero de cal que recuerdan al mismo método de construcción utilizado en la iglesia de El Hormiguero. Este era el plantel donde las compañías Comacarán Gold Mining Co. y Butters Co. beneficiaban los metales.
Tiene siete niveles, el sexto aún se conservan las bases de los motores industriales que hacían funcionar gran parte del plantel. Desde el punto más alto de la estructura se ven los alrededores de Comacarán.
A pesar de ser un lugar lleno de vestigios históricos del desarrollo industrial que la minería trajo al país, actualmente el suelo está cubierto de botellas de cerveza y bolsas plásticas, reflejando la falta de cuidado que debería tener un sitio potencial turístico. Este espacio también podría servir como fuente de estudio para futuras generaciones de arquitectos o antropólogos interesados en la historia de El Salvador, pero ahora es utilizado por visitantes para tomar bebidas alcohólicas.

Foto EDH/ Francisco Rubio
En el mismo terreno del plantel en ruinas vive una familia en una choza de láminas. Al notar la presencia de visitantes con cámaras, un hombre observa a lo lejos cada movimiento, tratando de averiguar con la mirada qué se buscan los periodistas en el lugar. Finalmente, saluda mientras se cubre los ojos con la palma de la mano para protegerse del intenso sol oriental que cae sobre su rostro.
Se le explica que la visita tiene como propósito conocer los vestigios mineros en la zona y buscar historias sobre lo que la gente sabe sobre la mina El Hormiguero. El hombre, con expresión de sorpresa, menciona que desconocía la historia de alguna mina en lugar y que eran las ruinas junto a las que vive y se despide. A lo lejos, se escucha la voz de Mauricio Guevara gritando, también a modo de despedida: "¡No se le olvide, no a la minería!", mientras levanta el brazo con el puño apretado.