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Una eternidad con forma de abrazo

Un recuerdo de Diego Armando Maradona en su más épica hazaña detallado por el periodista y escritor argentino Marcos J. Villalobo

Por Por Marcos J. Villalobo | Colaboración | Ene 17, 2025- 05:15

En esta foto de archivo tomada el 22 de junio de 1986, el delantero argentino Diego Armando Maradona pasa junto a los defensores ingleses Terry Butcher (izq.) Y Terry Fenwick (2.º izq.) En su camino para anotar su segundo gol durante el partido de cuartos de final de la Copa del Mundo entre Argentina e Inglaterra. .Argentina avanzó a semifinales con una victoria por 2-1. Foto: AFP
En esta foto de archivo tomada el 22 de junio de 1986, el delantero argentino Diego Armando Maradona pasa junto a los defensores ingleses Terry Butcher (izq.) Y Terry Fenwick (2.º izq.) En su camino para anotar su segundo gol durante el partido de cuartos de final de la Copa del Mundo entre Argentina e Inglaterra. .Argentina avanzó a semifinales con una victoria por 2-1. Foto: AFP

Y una mañana te despertás y ahí están: las primeras canas. Te das cuenta que
es más que una señal física, es el recordatorio de que las agujas del reloj
jamás se detienen. Te miras en el espejo y no logras reconocer a ese niño de
aquel otoño; y peor es darte cuenta que el superhéroe ya se fue.
Aunque tengo –y creo que todos los maradoneanos lo tenemos – esta
extraordinaria sensación de que él se volvió omnisciente, y que nada de lo que
hagamos, creamos o percibamos se le puede ocultar.
Por eso voy a recordar ese momento, que seguro él ya sabe. ¿Yo? Tengo mis
dudas. En mi mente tengo una fotografía, que no sé si es real, o si la memoria
me juega una mala pasada. Pero está en mi memoria, y por algo debe ser.
Hay días que nos marcan por la eternidad, que su simple evocación provoca
melodías en la piel. Y si esos días son vividos en la infancia, aumenta su
significado. La remembranza me lleva hasta un día nublado en Villa Irupé, en
aquella casa bien metida en las sierras cordobesas, donde abundaba la
arboleda y los perros. Uh, lo que ladraban esos perros aquel junio.
Busco en la memoria. Yo tenía 6 años. Busco en la memoria, y esa mañana –
seguro- jugaba con Alejandra, mi hermana. Busco en la memoria y ese
mediodía, quizás, mi mamá hizo estofado o puchero. Busco en mi memoria y
encuentro juegos, ilusiones y anhelos, allá en Villa Irupé; y a miles, miles de
kilómetros, mi superhéroe sonreía ante algún chiste del Tata Brown o el Loco
Enrique.

En esta foto de archivo tomada el 29 de junio de 1986, el equipo nacional de fútbol de Argentina posa para una foto del equipo antes de la final de la Copa Mundial contra Alemania Occidental en la Ciudad de México. De izquierda a derecha: Jorge Burruchaga, Jorge Valdano, Ricardo Giusti, Julio Olarticoechea, Héctor Enrique, Sergio Batista, José Luis Brown, Oscar Ruggeri, José Luis Cuciuffo, Nery Pumpido, Diego Maradona. (Photo by STAFF / AFP)

Me recuerdo que a la tarde estaba sentado frente al televisor de aquella casa
de ventanas grandes. En esa casa vivíamos mi mamá, mi papá, mi hermana y
yo: juntos. Me recuerdo ese 22 de junio de 1986 a todos juntos.

El televisor estaba el comedor. Era un televisor en blanco y negro. En esa
época, salvo los que tenían guita, todos teníamos televisor en blanco y negro.
Se disputaba la Copa del Mundo en México, y en mi casa lo seguíamos por la
tele. Argentina jugaba ante Inglaterra. No les voy a contar a ustedes lo que

significó para el país ese juego y lo que pasó esa tarde. Les quiero contar lo
que me pasó a mí con ese juego.
O lo que creo recordar.
No me sale decirlo con la fantasía de Ariel Scher, que describió que Diego “es
un fuego, capaz de encender otros fuegos, calentar lo que parece atenuado por
el invierno, aquel día de aquel invierno, este domingo en que una jugada y un
partido se comieron un mundial”.
Tampoco se me ocurre el ingenio de Osvaldo Soriano que narró que
“Maradona es el gran relato de este país. Un gran relato que todavía no
terminó”.
Y menos me sale como Eduardo Sacheri, que sintetizó: “No me jodan con que
lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás
mortales”.
Entonces, a mí me sale recordar que el más maravilloso futbolista de todos los
tiempos hacía el gol más espectacular de todos los tiempos con una imagen de
mi niñez allá en mi pueblo, en las sierras cordobesas.
Fue después de ese golazo a los piratas británicos que lo evoco y detengo las
agujas del reloj, por más que mis canas me hagan ver otra realidad.
Porque rememoro que mi mamá festejaba, que yo saltaba, mi hermanita no
entendía nada, pero reía. Y mi papá… mi papá celebraba con los ojos llorosos.
Nos abrazábamos. Nos abrazábamos los cuatro: mi mamá, mi papá, mi
hermana y yo. Y los perros del barrio ladraban. Le ganábamos a Inglaterra.
Argentina clasificaba a semifinales del Mundial de México. Todos en el barrio,
en el pueblo festejaban. El país festejaba. Seguro que ustedes, en sus pueblos,
salieron a festejar. Estaba asombrado con lo que hacía ese superhéroe con la
camiseta número 10 en la espalda. Yo era un nene de 6 años, poco me puedo
acordar, dicen. Pero en mi memoria está esa imagen inolvidable: mi mamá, mi
papá, mi hermana y yo, abrazados festejando por Maradona.
Fue especial, porque a los pocos meses mi papá se fue de casa, a vivir otra
vida, a hacer otra familia, y no regresar jamás.
Por eso, recuerdo y quiero a mi superhéroe, que me dio ese regalo: una
eternidad con forma de abrazo.

Marcos J. Villalobo

Laboró en El Gráfico, La Nueva Mañana y Perfil.
Es autor: El Pase - La Joya, así surgió Paulo Dybala - Huellas.
Premio ADEPA 2013/2019
Premio Baromei 2021

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