Siempre ha sido un adicto al fútbol, pero al principio eso de ser portero, no lo aceptó de muy buena gana.
Dicen que el portero nace y no se hace, de ahí que cuando el Caly Cañadas dio las primeras muestras de su eficiencia en el arco, fue por imposición, ya que además de tener buena técnica le pega muy bien a la pelota y por lo tanto hubiera sido un gran delantero, pero al ser mi hermano menor, no tuvo más remedio que ponerse bajo los tres palos.
Con el paso de los años destacó y tuvo una trayectoria brillante y prolongada en la Liga Mayor al integrar al Universidad, Juventud Olímpica, Marte, Cojutepeque, Independiente e incluso en equipos de la Liga de Ascenso como el Negocios Internacionales al que contribuyó en su ascenso a la Liga Mayor, el Brasilia de Suchitoto y el Huracán de Atiquizaya.
Dueño de una trayectoria limpia, alejada de los vicios y una entrega incondicional hacia los colores que defendía, cuando el Atlético Marte disputó la gran final de 1977 ante el FAS, en la víspera se mostró muy pensativo y ausente.
Su esposa lo interrogó sobre tal actitud y le recordó: “cuando nos casamos dijimos que juntos íbamos a enfrentar todos los problemas”, entonces tuvo una salida a su manera: “Es que mi problema es la delantera del FAS con Roberto Casadei, Amado Abraham, Manolo Álvarez, David Cabrera, Tajaniche Erazo y no creo que mañana en el Cuscatlán te permitan ponerte a la par mía”.

Ese día estuvo sensacional, sin embargo el FAS ganó con un autogol de Ricardo Pérez Castellanos.
Pero unos años después en enero de 1981 tuvo su compensación, el Marte conquistaba su sexto título integrado por puros jugadores nacionales y en una tarde azul derrotó al Santiagueño 3 goles contra 1.
Caly fue determinante y se entronizó en la galería de ases adorados por los marcianos. Pero sólo hubo tiempo para la vuelta olímpica porque el toque de queda obligó a los jugadores a salir corriendo hacia sus casas.
Después fue vital para que el Cojutepeque ascendiera a la Liga Mayor y la gente choricera lo anduvo en andas por la pista del Flor Blanca.
“Todo llega, todo pasa” dijo el poeta y le tocó el momento del retiro, entonces se dispuso a consumar venganzas y se metió a jugar de delantero a nivel aficionado con tanto acierto que ganó varios campeonatos de goleo.
Paralelamente a sus estudios de administrador de empresas también se graduó como técnico, llegó a ser instructor de la Asociación de Entrenadores de Fútbol de El Salvador y muy luego se metió a preparar porteros, ese cargo tan anónimo, porque todo mundo sabe quien es el entrenador principal, pero ellos pasan desapercibidos, incluso hay equipos profesionales que ni siquiera los tienen.

Al respecto no es mejor entrenador el que más ha jugado, sino el que más preparado está y afortunadamente cada día se considera más importantes esa preparación.
Por eso sus logros no han sido una casualidad, ya que desde su perspectiva didáctica, es un estudioso del puesto y se actualiza constantemente para mejorar la técnica, táctica, psicología y la metodología de trabajo de sus alumnos que incluye herramientas como charlas, videos y otros recursos de su propia creación.
Pero además aplica secretos desde el punto de vista emocional de ahí que cuando los prospectos llegan, de inmediato establece con ellos una identificación anímica, casi paternal, como punto de partida para convencerlos de que
está dentro de sus posibilidades destacar en grande, solamente hay que poner esfuerzo y hasta sacrificio para depurar las aptitudes con que cuentan.
Y de eso, con las selecciones nacionales estuvo como 16 años.
Por sus manos ha pasado la mayoría de los actuales arqueros nacionales y tambiēn fue vital para que porteros de la selección de playa tuvieran singular rendimiento.
Por eso cada vez que sus alumnos defienden el arco y salen triunfantes el Caly es el más feliz, pues además de ser su mentor más parece su tata y consejero.
Una cancha de fútbol para enseñarle a sus alumnos los secretos de como defender el arco es lo que más disfruta el Caly; entonces su rostro que en reposo parece tan pasivo, se ilumina con el placer de enseñar, con el mismo gozo del artesano que ve su obra con amor.

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