Edición especial
Hablemos del milenio

Artículos de este especial

El ocaso de un milenio
Ingeniería genética.
El desafío del nuevo siglo.
La epidemia mortal
El Salvador.
Segundo con más casos en C.A.
Ciudad del recuerdo
Centro histórico de San Salvador
Cien años de logros y retrasos
Medio ambiente vulnerable
Desertificación
Crisis con el agua
Valioso legado cultural
El despertar de las artes
El Salvador en lienzos
Edad de oro para la ciencia
Peligrosa energía atómica
Un mensajero llamado "Internet"
La última década.
Más desafíos que logros
Tratado universal.
Convención de los Derechos del Niño
Niñas del mundo.
Una dramática explotación sexual
Promesas que aún no se cumplen
Animales excepcionales
Hazañas y aventuras
Desgracias, infidelidades y mitos
Subidos de tono
Por el derecho al voto
La era de la reivindicación
   
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  Para San Salvador, el siglo XX ha sido una época de muchos cambios que le dieron belleza a la ciudad, pero que después se perdió, de la que ahora solo quedan los recuerdos.

La capital heredó del siglo XIX una ciudad a lo europeo, con plazas, parques, edificios y residencias bellamente adornadas, inspiradas por las construcciones que los ricos veían en otros países durante sus viajes o por la misma comunidad de europeos establecida en el país.
Para finales del siglo pasado, sus 40 mil habitantes ven el nuevo maquillaje de la ciudad, como el Paseo Independencia, la nueva Catedral y los inicios de la construcción del Campo de Marte, según señaló Gustavo Herodier en su libro “San Salvador. El esplendor de una ciudad (1880-1930)”.
Para esa época llamaba la atención la residencia del general Constantino Ambrogi, única para ese entonces con cuatro plantas. Es alumbrado el Parque Bolívar (hoy Plaza Barrios) con bombillos eléctricos alimentados por la fuerza generada de una pequeña central.
Se inauguró una línea férrea de doce kilómetros que unía a San Salvador con Santa Tecla; se construye el Cuartel El Zapote y la Casa Blanca (sede de la gobernación nacional) que se convirtió en Palacio de Justicia en 1898.
A lo largo de la metrópoli comienzan a levantarse residencias y edificios públicos. Sin embargo, en el presente siglo, los incendios y los terremotos destruyeron algunas de las nuevas construcciones y muchas de las antiguas, lo que obligó a la ciudad a un cambio continuo en su imagen.

Renovación en el siglo XX

Los incendios modificaron la fisonomía de San Salvador más rápido de lo previsto. Ejemplo de eso son los siniestros que a principios del siglo consumieron varias edificaciones, como el antiguo Casino Salvadoreño en 1903, el mercado Santa Lucía en 1905 (donde está hoy la plaza Hula-Hula) que ocupaba el puesto de la antigua iglesia Santa Lucía.
Tres años después, el fuego también castigó a la iglesia del Calvario y el cuartel El Zapote, donde hacía apenas un año había sido instalada la Escuela Politécnica Militar.
Para 1906, la fuerza liberal se consolida en el gobierno y adviene la paz tras la última guerra contra Guatemala. Esos dos factores, más el cultivo del café, producen un clima estable y económicamente bonancible que motiva a la construcción de más edificios y a la transformación de la ciudad.
En algunas edificaciones se abandonan de forma definitiva los materiales coloniales de construcción (adobe, piedra, calicanto y

 

bahareque) para dar paso a las obras antisísmicas de madera y lámina, que, sin embargo, no ofrecían seguridad ante los frecuentes incendios. Para 1908 se reviste de piedra el suelo de la Avenida Independencia y se inicia la carretera que lleva desde San Salvador hacia Santa Tecla. Un año después llegan los primeros automóviles que ocuparon sus calles.
Sin saberlo, la capital se prepara para volver a levantar edificios que creía seguros: el Teatro Nacional (con casi toda la manzana de estructuras arquitectónicas de la cual formaba parte) se desplomaría por las llamas en 1910.
Tres años después, el fuego también castigó a la iglesia del Calvario y el cuartel El Zapote, donde hacía apenas un año había sido instalada la Escuela Politécnica Militar.
Para 1906, la fuerza liberal se consolida en el gobierno y adviene la paz tras la última guerra contra Guatemala. Esos dos factores, más el cultivo del café, producen un clima estable y económicamente bonancible que motiva a la construcción de más edificios y a la transformación de la ciudad.
En algunas edificaciones se abandonan de forma definitiva los materiales coloniales de construcción (adobe, piedra, calicanto y bahareque) para dar paso a las obras antisísmicas de madera y lámina, que, sin embargo, no ofrecían seguridad ante los frecuentes incendios.
Para 1908 se reviste de piedra el suelo de la Avenida Independencia y se inicia la carretera que lleva desde San Salvador hacia Santa Tecla. Un año después llegan los primeros automóviles que ocuparon sus calles.
Sin saberlo, la capital se prepara para volver a levantar edificios que creía seguros: el Teatro Nacional (con casi toda la manzana de estructuras arquitectónicas de la cual formaba parte) se desplomaría por las llamas en 1910.





La fecha destructiva

El 7 de junio de 1917 es una fecha de malos recuerdos, porque dos terremotos causan daños antes de que culminaran con la erupción de Los Chintos y la evaporación de la laguna del Boquerón, ambos cráteres del volcán Quezaltepec.
El escritor colombiano Porfirio Barba-Jacob escribió un recuento de los daños en el periódico de Mayorga Rivas, donde señala que “de esas 8,800 casas, 200 quedaron intactas; unas 3,000 destruidas por completo... y las restantes, unas 2,600, aunque menos estrujadas, no lo estaban poco...”.
Se salvaron: el Palacio y el Teatro Nacional, pero resultaron con serios daños “la Escuela de Medicina, la Escuela Normal (en construcción), la Central de Correos y telégrafos, el Hospicio de Huérfanos, la Catedral y demás templos, la Universidad, la Escuela Politécnica, el Palacio del Tesoro, el Municipal, los mercados, teatros Principal, Colón y Variedades, la Imprenta Nacional, la Penitenciaría, la Casa Blanca, la Logia Masónica, la Residencia Presidencial, los cuarteles, los bancos Salvadoreño, Occidental y Agrícola (y) el manicomio...”, entre otros.
Por las ruinas que causaron estos sismos se popularizó el uso de láminas troqueladas (moldeadas), mismas que todavía permanecen en decenas de casas viejas del Centro Histórico de San Salvador y sus alrededores. Estas láminas, producidas en Bélgica, eran combinadas con la madera como una mejor construcción antisísmica.

Desaparece la decoración

Para el primer cuarto del siglo XX, el impacto del neoclasicismo en las decoraciones fue de tal magnitud que retrasó la implantación del modernismo y no fue sino hasta finales de los años veintes, cuando también se termina de pavimentar, que empieza a aparecer en ventanería, faroles y defensas, entre otros.
Hacia la mitad de la década de los treintas llegan al país el arquitecto Ernesto de Sola, con educación estadounidense, y el arquitecto Armando Sol, con estudios en España, y son los primeros salvadoreños que propagan el concepto de “estilo internacional”, que afirma que belleza es la coincidencia de obra y función, con lo que sentaron las bases del funcionalismo.

 

Durante este periodo, varios estilos arquitectónicos se ponen de moda en San Salvador, tales como el clásico francés, el neoclásico, el moderno y el neo-colonial o californiano.
De 1948 a 1950 comienzan a llegar arquitectos salvadoreños graduados en el extranjero, lo que no sólo incorpora nuevas ideas y tendencias dentro de la construcción, sino un sentido mayor de la funcionalidad.
En esta época, el filipino Butrus Targa construye el edificio del Telégrafo y del actual cuartel de la Policía Nacional Civil. Otra de las edificaciones de esta época fue la residencia de don Jorge Pinto, donde actualmente está el Patronato Pro-Patrimonio Cultural.
A mediados del siglo inicia un cambio del uso residencial por el comercial en el centro. Debido a esto surgen los suburbios, como las colonias Escalón y San Benito, con residencias de lujo, teniendo más aceptación la sencillez de líneas, superficies lisas y la mínima cantidad de decoración.
En los últimos 20 años, en el casco central de la ciudad han sido aplicadas nuevas técnicas de construcción; se miran estilos como el neocolonial, el cubismo y el expresionismo, donde el eclecticismo (en arquitectura, combinación de varios estilos) es el común en las edificaciones.
De esta manera, las obras de los grandes artesanos han sido relegadas por el paso de lo moderno, aunque hayan sido joyas de la arquitectura, porque son fieles expresiones artísticas, que si bien ahora casi se han perdido quizás en el próximo siglo sean retomadas como parte de la moda arquitectónica.

 



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