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La
fecha destructiva
El 7 de junio
de 1917 es una fecha de malos recuerdos, porque dos terremotos
causan daños antes de que culminaran con la erupción
de Los Chintos y la evaporación de la laguna del Boquerón,
ambos cráteres del volcán Quezaltepec.
El escritor colombiano Porfirio Barba-Jacob escribió un
recuento de los daños en el periódico de Mayorga
Rivas, donde señala que de esas 8,800 casas, 200
quedaron intactas; unas 3,000 destruidas por completo... y las
restantes, unas 2,600, aunque menos estrujadas, no lo estaban
poco....
Se salvaron: el Palacio y el Teatro Nacional, pero resultaron
con serios daños la Escuela de Medicina, la Escuela
Normal (en construcción), la Central de Correos y telégrafos,
el Hospicio de Huérfanos, la Catedral y demás templos,
la Universidad, la Escuela Politécnica, el Palacio del
Tesoro, el Municipal, los mercados, teatros Principal, Colón
y Variedades, la Imprenta Nacional, la Penitenciaría, la
Casa Blanca, la Logia Masónica, la Residencia Presidencial,
los cuarteles, los bancos Salvadoreño, Occidental y Agrícola
(y) el manicomio..., entre otros.
Por las ruinas que causaron estos sismos se popularizó
el uso de láminas troqueladas (moldeadas), mismas que todavía
permanecen en decenas de casas viejas del Centro Histórico
de San Salvador y sus alrededores. Estas láminas, producidas
en Bélgica, eran combinadas con la madera como una mejor
construcción antisísmica.
Desaparece
la decoración
Para el primer
cuarto del siglo XX, el impacto del neoclasicismo en las decoraciones
fue de tal magnitud que retrasó la implantación
del modernismo y no fue sino hasta finales de los años
veintes, cuando también se termina de pavimentar, que empieza
a aparecer en ventanería, faroles y defensas, entre otros.
Hacia la mitad de la década de los treintas llegan al país
el arquitecto Ernesto de Sola, con educación estadounidense,
y el arquitecto Armando Sol, con estudios en España, y
son los primeros salvadoreños que propagan el concepto
de estilo internacional, que afirma que belleza es
la coincidencia de obra y función, con lo que sentaron
las bases del funcionalismo.
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Durante
este periodo, varios estilos arquitectónicos se ponen de
moda en San Salvador, tales como el clásico francés,
el neoclásico, el moderno y el neo-colonial o californiano.
De 1948 a 1950 comienzan a llegar arquitectos salvadoreños
graduados en el extranjero, lo que no sólo incorpora nuevas
ideas y tendencias dentro de la construcción, sino un sentido
mayor de la funcionalidad.
En esta época, el filipino Butrus Targa construye el edificio
del Telégrafo y del actual cuartel de la Policía
Nacional Civil. Otra de las edificaciones de esta época
fue la residencia de don Jorge Pinto, donde actualmente está
el Patronato Pro-Patrimonio Cultural.
A mediados del siglo inicia un cambio del uso residencial por
el comercial en el centro. Debido a esto surgen los suburbios,
como las colonias Escalón y San Benito, con residencias
de lujo, teniendo más aceptación la sencillez de
líneas, superficies lisas y la mínima cantidad de
decoración.
En los últimos 20 años, en el casco central de la
ciudad han sido aplicadas nuevas técnicas de construcción;
se miran estilos como el neocolonial, el cubismo y el expresionismo,
donde el eclecticismo (en arquitectura, combinación de
varios estilos) es el común en las edificaciones.
De esta manera, las obras de los grandes artesanos han sido relegadas
por el paso de lo moderno, aunque hayan sido joyas de la arquitectura,
porque son fieles expresiones artísticas, que si bien ahora
casi se han perdido quizás en el próximo siglo sean
retomadas como parte de la moda arquitectónica.
 
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